LAS REDES SOCIALES… ¿BENDICIÓN O CALAMIDAD? 

Las alabanzas pertenecen a Al-láh, Único sin asociados, atestiguo que no hay nada ni nadie con derecho a ser adorado excepto Al-láh y atestiguo que Muhammad es Su siervo y mensajero, Señor nuestro bendice a nuestro Profeta Muhammad, su familia, sus nobles compañeros y a todos sus seguidores hasta el día del Juicio Final.

Prosiguiendo:

Siervos de Al-láh:

Dice Al-láh el Altísimo :

«No pronuncia palabra alguna sin que a su lado esté presente un ángel observador que la registre.» (Corán, 50:18)

Este grandioso versículo establece una gran verdad de la que muchos pasan por alto en nuestra época actual: que cada movimiento, cada palabra, cada pulsación del teclado o cada acción de compartir una imagen o un video queda registrada en un libro que no deja pasar ni lo pequeño ni lo grande sin contabilizarlo. 

Vivimos en un tiempo en el que el mundo se ha abierto de par en par a través de pequeñas pantallas que llevamos en nuestros bolsillos; y en realidad son un arma peligrosa de doble filo que no pasa inadvertida para ninguna persona sensata. Pues, así como estas tecnologías brindan conocimiento beneficioso, valiosas conferencias y lecciones que erradican la ignorancia, del mismo modo abren puertas a males y tentaciones que casi se han apoderado de una gran parte del pensamiento de la gente, de sus relaciones y de su trabajo.

Las redes sociales han penetrado en los detalles de nuestra vida, y se ha vuelto muy difícil ignorarlas o hacer la vista gorda ante ellas. Frente a ellas somos como quien nada contra la corriente: si no se sabe manejarlas, las olas de sus vaivenes lo destruirán e impedirán que llegue a la orilla de la salvación. Por ello, el primer paso práctico para salvarse es activar un filtro ético en nuestro trato diario con ellas. 

No le corresponde al musulmán dejar su mente y su pensamiento expuestos a cualquier vociferador; más bien, debe dejar de seguir cuentas que difunden trivialidades o siembran dudas, y sustituirlas por fuentes confiables de conocimiento, además de establecer un límite de tiempo para las aplicaciones que evite el hundimiento en un desplazamiento inconsciente que roba la vida y la adoración.

El peligro acechante no se limita únicamente a la pérdida de tiempo, sino que se extiende a la corrupción de la fe y del pensamiento. ¡Cuántos estudiantes de conocimiento comenzaron su desviación a partir de una idea envenenada tomada de fuentes inadecuadas! ¡Y cuántos se sumergieron en el extremismo y la exageración siendo víctimas de conferencias sospechosas o de palabras brillantes de impostores que deliberadamente buscan seducir a los jóvenes y conducirlos por caminos de desviación! 

Aquí recordamos las palabras del noble imam tabi‘í Muhammad ibn Sirin —que Al-láh tenga misericordia de él—: 
«Este asunto es religión, así que miren de quién toman su religión».

Esto nos obliga a aplicar el principio de la verificación digital: no difundir una fatua ni reenviar información religiosa o noticiosa sin asegurarnos antes de su fuente oficial, para no convertirnos en colaboradores en la propagación del extravío o en la difusión de discordias y rumores que sacuden la seguridad de la sociedad sin que nos demos cuenta.

En el plano social, así como estas redes pueden ser un medio de conocimiento mutuo y cercanía, también se han convertido, en muchos casos, en una causa principal de ruptura y aislamiento social. Por ello, debemos asignar dentro de nuestro día horas de ayuno tecnológico, en las que cerremos por completo estas pantallas, especialmente durante las comidas o las reuniones familiares, para recuperar el calor humano y la comunicación real con la mirada y el corazón, en lugar de vivir como cuerpos sin alma que se esconden detrás de pantallas mudas y se conforman con emoticonos en vez de la sinceridad de los sentimientos.

Entre los mayores perjuicios de estos medios, que han devastado a nuestras sociedades, está la violación de la privacidad. La gente se ha vuelto negligente en proteger su intimidad, y el hogar —que solía ser una fortaleza inexpugnable— se ha transformado en un libro abierto donde se comparten los detalles de la comida, la bebida y los conflictos, hasta el punto de que momentos de adoración y caridad se fotografían y se publican buscando los frutos inmediatos de los “me gusta” y los seguidores, olvidando la palabra del Altísimo: 

«Hoy sellaré sus bocas y serán sus manos las que me hablen, y sus pies darán testimonio de lo que cometieron.» 
(Corán, 36: 65)

La exigencia de la fe nos impone adoptar una jurisprudencia del recato electrónico y tener la certeza de que la bendición está en el ocultamiento, y de que no toda gracia debe exhibirse ante la gente. El mal de ojo es una realidad, las almas son diferentes, y preservar la inviolabilidad de los hogares es uno de los deberes más obligatorios.

Además, debemos comprender que estos medios han creado un estado de exhibicionismo falso que genera frustración y envidia. El verdadero musulmán entiende que lo que ve en estas plataformas no es más que la cáscara de la vida de las personas, y no le es lícito que ello sea motivo de descontento con su propia situación ni de comparación con la vida de los famosos. El paso práctico aquí es depurar la lista de seguidos de todo aquel que incite al materialismo excesivo o arruine en la gente la satisfacción con lo que Al-láh les ha concedido.

Nuestro deber hoy es transformar estos medios de herramientas de destrucción en plataformas de prédica y construcción. Cada buena palabra que publiques y cada consejo sincero que difundas es una caridad continua que pesará en tu balanza el Día de la Resurrección. 

Hagamos de nuestros teléfonos un argumento a nuestro favor y no en nuestra contra, y recordemos siempre que cada “me gusta” y cada compartido es un testimonio por el cual seremos interrogados ante Al-láh. 
Cuidado, mucho cuidado, de que nuestras manos atestigüen contra nosotros el Día de la Resurrección por haber violado las normas de Al-láh o haber perforadoel barco de la sociedad a través de estos medios.

Y que la paz y las bendiciones de Al-láh sean con 
Su siervo y mensajero Muhammad.